Memorias de un caracol.
Héctor Martínez
Hacer espacio en la agenda siempre es una tarea difícil, pero si hay algún instante que lo permita, no dudes en poner Memorias de un caracol en prioridades, quizás sea la exageración de un solo espectador, o tal vez solo una de las interpretaciones más humana de la soledad.
Grace, una niña amante de los caracoles, vive sus días viendo el vaso medio lleno en su familia junto a su gemelo Gilbert, ambos comparten el interés por la lectura, y cuidan de su padre, un artista callejero en silla de ruedas, cuya muerte termina separando a los gemelos en diferentes familias adoptivas, solo teniendo el consuelo de sus cartas, con el paso del tiempo, la esperanza vuelve a Grace cuando hace amistad con Pinky, una excéntrica anciana que parece haberlo entendido todo.
Es aquí donde desglosamos un poco más, y nos permitimos hablar contando alguno que otro detalle, la cinta, no por ser animación es precisamente lo más familiar en salas, se toma la libertad de divertirse con la incomodidad de la audiencia, con chistes que no ves venir por ningún lado, que nos permiten conocer a Grace por completo, cada pensamiento y emoción, sin tomar algún juicio al respecto y acompañándola en su caparazón.
La afición de Grace, por los caracoles no solo la llevan por un gusto particular, ha pasado la vida encerrada en si misma, Pinky, es de lo poco que le da color, y es con este particular personaje donde nos abrazan el corazón, su amistad, es bilateral, incondicional, pero sobre todo llena de amor y empatía, entrega discursos tan certeros y hermosos, que hace imposible no reflejar las amistades que el público llegue a tener.
Su animación en stop motion nos deja sentir lo vivido de este mundo, guion y dirección por Adam Elliot, quien dedico ocho años en este proyecto, y un elenco tanto en ingles y en español apabullante, dan al espectador una de las experiencias más emotivas en salas, sin dejarlo a nadie exento del llanto.
