Arcoiris en Monterrey

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Esta tarde de sábado 24 la Madre Naturaleza nos entregó una doble pequeña pero excelsa muestra de su magnánimo poder: un “arco-cielo”, el espectro de la descomposición de la luz blanca en una gama de hermosos colores que cruzaron de forma curva el vasto cielo azul. Yo me encontraba saliendo de un supermercado, cerca de casa, y mayúsculamente grata fue mi sorpresa al ver tan omnipotente espectáculo. Las palabras apenas alcanzan para describir mi emoción y quizá la de muchas personas que detenían sus vehículos para bajarse y fotografiar este evento. Paradójico resulta que lo hayamos visto situados en un enorme estacionamiento que nunca se llena y que ocupa una enorme área, cubierta por pavimento que anula la respiración de nuestra tierra y contribuye al calentamiento de la atmósfera, cual enorme comal. Regresé a mi casa por una mejor cámara (lo había captado con la de mi celular) para fotografiarlo y me quedé hasta que la oscuridad de la naciente noche lo absorbió. Regresé a casa feliz y triste por tanta infértil paradoja que provocamos en este sublime reino animal y vegetal que habitamos que hermosamente se sigue reproduciendo y nosotros vilmente estamos aniquilando, para ejemplo esos enormes ríos cristalinos de nuestro estado que conocí en mi infancia donde ahora fluye inmundicia y polución, y así más vejaciones a la perfección de la Naturaleza, como el paulatino aniquilamiento de nuestro gallardo Cerro de la Silla. Ella (metafóricamente) nos dice con estas muestras: “No es tuyo este reino, pero vives en él, ¡Cuídalo!” No hagamos que existan un “arcoíris en la oscuridad” sino en la plenitud de la luz.

Escrito por Carlos G. Castillo Alvarado, baterista amateur, egresado de la licenciatura en Pedagogía, y de las maestrías en enseñanza de las Ciencias Sociales, y de Lengua y Literatura, de la Facultad de Filosofía y Letras (UANL). Colabora con cuentos y otros escritos en la revista Reforma Siglo XXI de la Preparatoria No. 3 (UANL).

Foto del cerro de la Silla por Carlos Castillo.


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